Un día sin nosotras

En la mañana del domingo, al salir del gimnasio me puse una blusa holgada morada y un pantalón de mezclilla. En el metro camino a mi casa pude ver todo tipo de mujeres vestidas con ese mismo color, algunas con paliacate verde y pancartas en contra de la violencia y una señora regañando a una muchacha porque no se vistió de morado, contuve la risita lo más que pude. Revisando las noticias en internet constaté que en todo el mundo se habló de las manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer, algunas pacíficas, otras menos, como las violentas registradas en esta ciudad, nunca faltan las que desean el caos y aquellos marginales pagados para que muchos agarren de pretexto en famoso “ellas no me representan” y que se desconozca el verdadero significado del feminismo. Tal vez si la violencia hacia mi género no fuera históricamente tan sistematizada ni siquiera necesitaríamos esa palabra.  

Desperté ayer lunes 9 de marzo a las 7 de la mañana, me asomé por la ventana y noté que había más silencio, vivo en la intersección de dos avenidas y es frecuente el ruido de las motos y el pitar de los coches, esta vea fue distinto, cuando me asomo por la ventana siempre miro con desagrado una especie de neblina en las calles, la polución con la que nos acostumbramos lastimeramente y soportamos en la nariz y en menor calidad de vida.

Había desactivado todas mis redes sociales, el sitio web no me dio la opción y apagué el teléfono. Resolví desconectarme de la vida digital, apoyar el paro y conectarme conmigo misma. Estaba algo inquieta y aunque no usé muchos servicios usuales, busqué las noticias.

No estábamos, desaparecimos.

Me vestí con ropa deportiva morada y leí noticias, había mucha ausencia en escuelas, bancos, empresas y estaciones de transporte público. Desde ayer tenía la sensibilidad exacerbada, no solo he sido parte de esa estadística horrible de violencia, sino que muchas personas cercanas a mí también. Sinceramente no creí que la convocatoria se había logrado a tal magnitud. Me sorprendí que realmente estábamos siendo sonoras, aceptamos que habíamos sido vulnerables, o que alguien querido también lo había sido.

Prendí el teléfono para hablar con mi hermana; había temblado en la zona de donde mi familia es y me comentó que el paro también se había hecho allá. 

-Creí que solo era aquí en Ciudad de México.
-No, fue en todo el país, yo no tengo ropa morada pero me puse una pulsera, jijiji.

Me gustó pensar que hasta la tierra reclamó, me gustó creer que estamos unidas porque queremos estar tranquilas, me gustó saber que se estaba sensibilizando a los hombres con talleres y pláticas del lado de las bancas vacías de sus compañeras.

Estamos heridos, creemos que somos libre pero vivimos con miedo, tenemos cicatrices que a muchas nos costó sanar y aceptar como parte de nuestro pasado, a veces duelen menos pero siempre que recordamos duelen. A algunos les han quitado una parte de su corazón cuando la perdieron. Hay quienes quieren quemarlo todo, porque la rabia, la ira y la frustración nublan el pensamiento. Quieren romper, quieren gritar y quieren dañar por las que no están.

Si ayer hicimos historia, mañana empezará el camino por mejorar y cambiar la injusticia. Entendamos la sutileza de nuestro poder y honrémoslo. No hay un perfil concreto de la persona violenta que somete a su subordinación a su víctima, pero sí hay un perfil de víctima, me constó mucho entenderlo, pero es real y para muchas de nosotras fue el chip más difícil de cambiar, porque está en el subconsciente. El poder no es sobre los otros, sino sobre nosotros mismos. Unidos podemos.

Gracias por leerme.

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